Diez años. Parece que fue ayer cuando me soltaron amarras en Fuengirola, Málaga, donde solo conocí calma y puerto y, sin pedir permiso al calendario, empecé a coleccionar millas, mareas, temporales, calmas chichas y sobremesas infinitas en el Cantábrico.
He visto envejecer a mi armadora y patrona y con ella al marinero. No demasiado, que nadie se dé por aturdido. Digamos que han cambiado velocidad por experiencia, ímpetu por prudencia y abdominales por flotabilidad positiva. Pero siguen teniendo el mismo brillo en los ojos cuando las velas se llenan y la costa empieza a quedarse atrás. Eso no prescribe.
Uno descubre pronto que los barcos no medimos el tiempo en años, sino en amaneceres, en nudos bien hechos y en las historias que se cuentan una y otra vez como si fueran nuevas en el blog “Navegar en el Narval”. Yo los he vivido todos: con temporales que parecían no acabar nunca, con días de mar tan lisa que daba miedo romper el silencio, con risas en cubierta, con discusiones que se olvidaban antes de llegar a puerto y con esa extraña felicidad que solo entiende quien sabe que navegar nunca consiste en llegar, sino en salir.
He navegado más de lo que imaginé cuando salí del mediterráneo. He conocido puertos hospitalarios y otros donde parecía que molestábamos por llegar. He aprendido que el viento siempre tiene razón y que los partes meteorológicos, como algunos políticos, solo aciertan cuando ya ha pasado la tormenta.
Ya no brillo como el primer día. Tengo cicatrices, remiendos, algún crujido que antes no hacía y una colección de pequeñas heridas que no cambiaría por un casco impecable. Porque cada una cuenta una historia, las ha hecho la mar.
También he comprobado que la amistad se parece mucho a la navegación: funciona mejor cuando todos arriman el hombro y nadie pregunta quién lleva más tiempo achicando agua. En cubierta hemos celebrado cumpleaños, discutido maniobras, arreglado averías imposibles con soluciones aún más imposibles y descubierto que las mejores travesías casi nunca son las que salen según el plan.
Hoy además de cumplir 10 años, despedimos al marinero. Luis ha cambiado de barco, de horizonte y de mar. Se ha ido al Mediterráneo, donde el agua tiene otro azul y el viento otro carácter. Le echaremos de menos. No solo por las singladuras compartidas, sino por esa forma de navegar que convertía cualquier imprevisto en anécdota. Que el nuevo barco le trate como merece, tenga buenos vientos y que no le falte nunca un puerto amigo donde amarrar. Aquí siempre tendrá el suyo.
Pero no todo son brindis. Los barcos también sabemos leer las marejadas que vienen. Sobre el puerto planea esa palabra tan poco marinera: concesión, rentabilidades y proyectos de futuro. Resulta que después de tantos años pagando, cuidando el puerto y dando vida a los pantalanes, ahora parece que estorbamos. Los viejos armadores y armadoras populares, los que han hecho de este puerto una casa y no un escaparate, descubren que hay riesgo de que coticen menos que el nuevo señoriteo de la náutica de catálogo, esos que confunden navegar con aparcar caro.
Es curioso: durante décadas había barcos de familias que salían a tirar el anzuelo, comer la tortilla de patatas de casa y descansar a son de mar de los trabajos diarios; veleros para darle la vuelta a Mouro acompasándose con el golpeteo de los borreguitos que levantaba el nordeste por las amuras –de estribor a la ida y por babor volviendo-; ahora parece que interesan más las cuentas de resultados. El salitre, la camaradería y las chapuzas ingeniosas cotizan peor que un montón de caballos de motor para hacer ruido y presumir de hacerlo. El puerto corre el riesgo de olvidar que antes de ser negocio fue refugio y alimento.
Parece que algunos no van a poder seguir aquí ahora que vence la concesión de Raos. Puede que otros tengan que buscar otro abrigo por no poder pagar de nuevo. O nos dejaran varados en la marisma. O peor, en tierra. Así es el trato con la mar: nada garantiza el siguiente fondeo.
Pero conviene recordar una cosa que las "del negocio" nunca entienden. Un puerto no lo deberían de hacer los pantalanes y su renta. Lo deberían de hacer las personas que se saludan al amanecer, las que prestan una amarra sin preguntar, las que comparten herramientas, vino o silencio mientras cae la tarde; las que trabajan en la oficina y están para ayudar; los que en pandemia vigilaron las cubiertas y la obra viva, cuidaron de todos nosotros, todos los barcos, sin preguntarse quién era el armador. Ojalá el puerto siga con lo que atesora e incorpore por que no, a quienes gusten de navegar sin perjudicar a nadie.
Diez años después miro la estela que dejo y solo puedo dar las gracias, gracias por elegirme hace diez años. Por cada milla, por cada temporal superado, por aquella galerna, por cada risa, por cada reparación que parecía definitiva hasta la siguiente avería. Gracias por haberme dado vida, amor en la cámara y calma siempre.
Y ahora, proa al futuro. Al fin y al cabo, los barcos no hemos nacido para quedarnos al pairo baje o suba la marea de la bahía o de la vida. Navegar siempre ha consistido en aceptar que el horizonte nunca deja de moverse.
Mientras sople viento, ganas y alguien dispuesto a soltar amarras y afianzar el timón, todavía habrá singladuras por soñar y por vivir. Y esas serán otras historias.
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